Me llamo Amparo. Soy yerbatera, como lo fue mi abuela Rosario y como lo fue la suya antes que ella.
Llevo cuarenta años en este oficio. Crié cuatro hijos con estas recetas y no corrí al doctor por cada fiebre. Corrí cuando había que correr, y saber esa diferencia también es parte del oficio.
Aprendí de mi abuela, y de las señoras de la sierra que bajaban al mercado los domingos con sus atados de hierbas y las manos partidas por el frío. Ellas sabían cosas que no están escritas en ningún lado. Yo pasé veinte años escribiéndolas.
Doscientas cincuenta recetas. Todas probadas en mi cocina, con las cantidades medidas, corregidas y anotadas una por una.
Hace veinte años me enfermé.
Empezó de un día para otro: un dolor que no se iba ni de día ni de noche, y un cansancio que no era cansancio, era como si me hubieran desconectado.
Fui a un doctor. Después a otro. Me hicieron estudios que costaron lo que no teníamos. Y al final me dijeron que me acomodara. Que aprendiera a vivir así.
Tenía cuarenta y ocho años y me dijeron que me acomodara.
Pasé casi dos años en una silla.
Un día, ordenando cajas arriba del ropero, encontré un cuaderno de escuela con la letra apretada de mi abuela. Recetas. Página tras página, con la fecha de cuándo la usó y para quién. Estuvo veinte años ahí arriba. Ese día casi lo boto.
Empecé a hacerlas. No por fe — por rabia.
Y a la tercera semana me cayó el veinte de algo que me dio más rabia todavía: no era que los remedios de mi abuela fueran mágicos. Era que ella los hacía bien. Cantidades, orden, cuántos días. Yo llevaba toda la vida oyendo «tómate un tecito» y por eso creía que era cuento. El té no era el cuento. El cuento era hacerlo a ojo.
Salí de la silla. Volví a cocinar de pie. Fui a la graduación de mi hijo menor caminando por mi propio pie.
Desde entonces no he parado.
Este libro es ese cuaderno. Ordenado, probado y medido.
Una cosa que prefiero decir yo antes de que la pregunten: no soy médica, y esto no reemplaza a un médico. Mi abuela decía que una buena yerbatera no se conoce por lo que prepara, sino por saber cuándo tocar la puerta del doctor. En eso también me formó.